Hogar, nuestro origen
Antes de aprender a levantar muros, nos refugiamos en lo que la tierra nos ofrecía. Cuevas, hendiduras, raíces y formaciones rocosas fueron nuestros primeros hogares. No los construimos, se dejaron encontrar. Huecos ya existentes, espacios de contención donde nuestra vulnerabilidad hallaba abrigo. La tierra, silenciosa, nos protegía sin necesidad de transformación.
La cueva, como útero simbólico, el lugar donde descansábamos y preservábamos la vida, nuestra vida. Habitar la tierra era aceptar su gesto de acogida, sin imponer forma ni dominio. Una relación de dependencia, más animal que arquitectónica, más natural que cultural. El refugio no era propiedad, sino continuidad de lo vivo.
Con el tiempo dejamos de adaptarnos y comenzamos a transformar. El paso de lo dado a lo creado inauguró una nueva época, el abrigo dejó de ser recibido y pasó a ser afirmación.
Nuestro hogar se convirtió en frontera, en extensión de nosotros mismos, en cápsula de control. Olvidamos la mater terra, que pasó a ser materia. El hueco natural se convirtió en muro y nació la arquitectura como símbolo de emancipación, reafirmación, poder y permanencia. Se quebró el equilibrio y la unidad, lo que habitábamos, el todo pasó a ser una exterioridad.
Recordar ese origen nos devuelve a la raíz de lo doméstico. Nuestra casa, el hogar, antes que construcción, fue hueco. Antes que propiedad, fue abrigo.
En ese gesto inicial de aceptar lo dado se encuentra la semilla de todo lo que hoy entendemos como espacio, un lugar que no solo protege, sino que también expresa. Cada proyecto que levantamos, cada forma que damos a un entorno es heredera de aquel primer refugio. Diseñar es prolongar esa acción primitiva, transformarla en lenguaje de permanencia y elevarla a vivencia. ¿Cómo hacerlo? Entendiendo el espacio como composición de materia viva, elevarlo a un nivel superior de conexión con nosotros, y restablecer el equilibrio que quebramos.